Lisandro Gallardón

Lisandro Gallardón

Mentor de poesía

Egresado de Filosofía en la UBA con diploma de honor. Formación en Letras. Más de veinte años en la poesía. Pasó por la Casa de la Poesía y por Oxford. Combina acompañamiento espiritual con un método preciso para analizar poemas y desarrollar el pensamiento compositivo.

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Mi historia

No empecé a escribir para ser escritor.

Mi historia no empieza con una vocación, ni con un talento. Empieza con una sensación temprana y persistente: la de no estar a salvo.

A los tres años viví situaciones que mi cuerpo recuerda antes que mi memoria: una niña que me hunde en el agua hasta ahogarme, una pierna atrapada en un pozo lleno de hormigas, una piedra que impacta en mi cabeza, el abandono en un jardín mientras lloro solo. Recuerdo también una bolsa de caramelos que conseguí con esfuerzo en Halloween y que mi madre tiró sin explicación. No entendí el motivo, pero algo se grabó en mí: mi esfuerzo no valía.

Durante años, el mundo fue un lugar hostil e imprevisible. Y, sin embargo, también fue el lugar donde apareció la primera grieta de sentido.

Cuando tenía siete años, mi madre me llevaba los fines de semana a la casa de mis abuelos. En el fondo del jardín había una pequeña habitación y un taller improvisado. Mi abuelo trabajaba allí durante horas; yo estaba a su lado, armando cosas, probando, desarmando, volviendo a empezar. No hacía “juguetes”: exploraba. Construía por el puro impulso de construir.

El jardín tenía árboles frutales. Recuerdo especialmente las ciruelas: rojas, perfumadas, tan grandes que llenaban por completo mi mano cuando las cortábamos juntos. Por la mañana desayunábamos temprano. A la tarde, mi abuelo dormía la siesta. Todo era simple, silencioso, real.

Una tarde, mientras esperaba que despertara para volver al taller, me senté frente al televisor. En una serie antigua apareció un anciano con la cabeza rapada y una túnica, hablando con un niño que sostenía una vela. Hablaban del misterio de la vida, de la conciencia, de la compasión. Sentí, con una claridad imposible de explicar, que ese anciano era mi abuelo y ese niño era yo. Me quedé inmóvil durante una hora entera, sin parpadear. Algo se abrió. Sin saberlo, estaba entrando en un mundo interior que no me abandonaría jamás.

Al día siguiente fui a la escuela y todo se veía distinto. Quise vivir desde ahí. Cuando mis compañeros intentaron molestarme en el recreo, no respondí con violencia. Respondí con presencia. Desde entonces, nunca volví a pelearme con nadie. Sentía que había tocado algo verdadero. Creía que podía cambiar el mundo viviendo desde ese lugar.

Fui un estudiante brillante. Entrenaba natación, estudiaba piano, escribía poesía, quería ser profesor de filosofía. Leía sin parar. Aprendía solo lo que la escuela no sabía dar. Pero el verdadero desafío no estaba en los libros ni en los logros. Estaba en casa.

Mi madre estaba profundamente deprimida. Había sido siempre mi sostén, y sentí que ahora me tocaba a mí salvarla. Cada tarde, después de la escuela, hablábamos durante horas. Le hablaba de su belleza, de su talento, de su bondad. Trataba de devolverle sentido. Ella sonreía, me decía “gracias, te amo”, y salía a enfrentar el día con un poco más de luz. Yo era su salvavidas. Ella, mi mejor amiga.

Hasta que una noche volví a casa y la encontré muriendo.

A las tres de la madrugada me vi cubierto de sangre, en el suelo, intentando reanimarla. Mi madre murió desnuda, como al nacer, en mis brazos. Sentí su último aliento salir de su cuerpo como un globo que se desinfla. Le hice respiración boca a boca. Su corazón ya no latía. Murió de cáncer. Y en ese instante murió también algo en mí.

Todo mi sistema de creencias colapsó. Si años de reflexión, espiritualidad y amor no habían podido salvarla, entonces ¿qué valor tenía todo eso? Me sentí engañado. Vacío. Culpable. Creí que no merecía volver a disfrutar nada.

Durante mucho tiempo viví con una premisa falsa: si no pude salvar a mi madre, mi mensaje no vale.

Intenté entonces una vida “normal”. Me comprometí en una relación, compré un departamento, terminé mi carrera, trabajé como profesor. Luego me separé. Conseguí un buen trabajo. Estudié un máster. Pero la libertad era externa. Por dentro seguía vacío.

Cuando todo se derrumba

Me fui a Oxford buscando algo que no sabía nombrar. Trabajé dentro de la universidad como barista y supervisor, detrás de un mostrador. Preparaba cafés sin parar, a un ritmo agotador. Del otro lado estaban los profesores y los estudiantes. Yo los escuchaba hablar de libros, de clases, de ideas. Mientras espumaba la leche, pensaba: algún día voy a estar ahí. Soñaba con cruzar ese mostrador. Pero para ellos yo era solo el que servía el café.

Vivía cerca de mi sueño, pero no dentro de él. Leía poemas en eventos. Un tutor elogió una de mis herramientas creativas. Me invitaron a tomar té. Creí que ese era el comienzo. No lo fue. Me sentí invisible. Insuficiente.

Estaba solo, en otro país, sin nadie que me abrazara. Llegué a pasar días sin salir de la habitación. Orinaba en una botella para no enfrentar el mundo. Me daba miedo la lavadora. Comía mal. Miraba series sin parar. Me refugié en vicios silenciosos. Me sentía muerto, pero respirando.

Hasta que un día salí. Caminé sin rumbo hasta llegar al río. Vi los pájaros volar. Los patos descender al agua. El reflejo del sol. La belleza existía, incluso sin mí. Me senté ahí, sin esperanza, sin sentido, solo como testigo. Escribí sin buscar significado. Y algo cambió.

No fue felicidad. No fue alivio. Fue una neutralidad profunda. Presencia. Vacío lúcido.

Comprendí que nadie puede vivir por vos lo que vos tenés que experimentar. Que la naturaleza es una maestra completa. Que no necesitás una universidad para aprender en la universidad de la vida cotidiana. Que controlar la mente, agradecer y conocerse es una investigación infinita.

El maestro interior

Esa noche soñé con mi madre. Vi un tablero de ajedrez. Ella era una reina convertida en peón en el tablero de mi padre. Y entendí algo esencial: mi padre no fue solo culpable; también fue heredero de una visión del mundo recibida. Hizo cosas buenas por mí. Me ayudó. Y hoy puedo verlas.

La tristeza de mi madre no era su esencia, sino la posición que ocupó. Yo no tenía que imitar su tristeza para amarla.

Desperté libre.

Comprendí la verdad:

  • No fracasé al ayudarla.
  • Mi mensaje no perdió valor.
  • No soy responsable de las decisiones de otros.
  • La poesía no es tristeza: es vulnerabilidad y alegría del devenir.

Preparé las valijas y volví.

Dejé de buscar legitimación externa. Decidí investigar por mi cuenta. Compartir lo que descubría. Vivir e inspirar.

Fundé el Laboratorio del Poeta. Mis estudiantes ganaron premios. Publicaron libros. Algunos estudiaron conmigo durante más de seis años. Dijeron que mis clases transformaron sus vidas. Profesores observaron mi método. Construí una comunidad, un equipo, un canal. Aprendí a vivir de la poesía. Aprendí a vivir solo. A ser mi mejor amigo. A sentir amistad con el universo.

Hoy vivo dedicado a mi investigación, a mi escritura y a mis alumnos. Trabajo online. Camino cada mañana hasta el parque. Medito. Luego me siento en un café a estudiar, a pensar, a escribir, a transformar lo que descubro en herramientas para otros. Preparo un doctorado en metodología de la creación poética desde un abordaje científico y formal.

No enseño a salvarse. Enseño a desplegar la propia intensidad. A despertar el maestro interior. A habitar la voz propia. A descubrir belleza y verdad en la vida cotidiana. A crear mundos posibles para comprenderse y expresarse.

Mi vida ya no es una historia personal. Es una misión simple: vivir con profundidad y ayudar a otros a desplegar lo que ya son.

Firma de Lisandro Gallardón

Cómo veo un poema

Explorá como poeta. Construí como ingeniero.

Todo poema es una máquina hecha de palabras: lo que produce son ideas y sentimientos. Acá aprendés a sentirlo, entenderlo, arreglarlo, pasando del sentido a la sintaxis, de la imagen al sonido.

Leés con sensibilidad. Componés con lógica. Escribís con sentimiento.

Cómo veo la poesía

Poetizar es perseguir.

Poetizar no es crear. Poetizar no es transformar. Poetizar es perseguir.

Seguí el hilo de lo real, afuera y adentro tuyo, sin soltarlo. No hay que poner nada: hay que salir al encuentro y dejar que la diferencia aparezca.

Un vaso, cuatro energías

Un vaso tiene un círculo, un vacío, una transparencia y una forma de ser llevado. Cada atributo puede quedarse en dato o volverse vibración expresiva.

Del vacío: «Coloqué en un vaso roto mi sed, mi cansancio».

De lo transportable: «Di mi amor a todos como se ofrece un vaso de agua».

Lecturas para empezar

Cuatro lecturas cortas. Después, el objeto es tuyo.

Cómo se practica

  1. Elegí un objeto simple y describí sus propiedades.
  2. Conectalas con un sustantivo abstracto que pese en tu vida.
  3. Pasá a procesos pequeños: hervir, llover, nacer, caer una hoja.
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Después de una clase

En sus palabras

Estela Zanlungo · poeta, Argentina. Premio Fondo Nacional de las Artes, 2014.

Conocí a Lisandro en la Clínica de Poesía de la Biblioteca Nacional, donde fuimos compañeros. A su término, convinimos encuentros quincenales para trabajar mi libro, que planeaba enviar al Concurso Fondo Nacional de las Artes. Durante meses pasamos muchos domingos por la tarde leyendo, releyendo, analizando poemas en un barcito de Lomas hasta que se hacía de noche sin que lo notáramos: volaba el tiempo.

Situarse frente a los propios textos a la luz de la mirada de otro poeta es una tarea apasionante, que enriquece y facilita el trabajo a la hora de tomar decisiones nada sencillas.

Lisandro es dueño de una sólida formación académica, fundamental a la hora de revisar la propia producción, pero son su finísima sensibilidad y su condición generosa las que han hecho que nuestra labor fuese además sumamente placentera.

Soñar con Agua obtuvo el primer premio en el certamen, y fue publicado por Ediciones del Dock a principios de 2014. Entre las palabras finales, junto con el nombre de mis maestros, se encuentra el de Lisandro, a cuyo apasionamiento le debemos mi libro y yo estas líneas agradecidas.

  • Viste en mi poema cosas que yo no veía. El texto pasó a tener otro valor. Cuando hablás, se siente que vivís lo que decís, y eso da confianza.

    Salvador · mentoría individual

  • Estuve más de seis meses, dos clases por semana. El trabajo fue fortificar la imaginación: unir realidades distintas y darles un carácter poético.

    Simón · grupo, y después mentoría individual

  • Cambió cómo edito. Miro el poema original, el modificado y los cambios, y lo leo en voz alta, no solo con el pensamiento.

    Esteban Morales · tutoría

  • Aprendí a trabajar el lenguaje para que el verso diga con más precisión, y llegué a coordinar un grupo de escritura poética. Fueron seis años de mentoría a solas.

    Carolina · seis años de mentoría a solas

La voz está en español. Donde hay una cita, es de la mentoría individual.

En tres años de mentoría a solas aprendí a ver con más nitidez lo que antes solo intuía. Cada revisión descubríamos nuevas capas.

Sara Luisa · tres años de mentoría a solas

No sabía exactamente qué quería. Me ayudó a encontrar un objetivo: escribir mi vida.

Laura · mentoría individual

Incluí un poema que nació en el Laboratorio del Poeta en mi libro La balada del cordero.

Javier Villamonte · mentoría individual

Gracias a las clases pude mejorar los textos que ya tenía, y ver en el poema cosas que antes no veía.

Eduardo · mentoría individual